Yoga life

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Mi primer contacto con yoga fue en el gimnasio: era una de las clases disponibles a las 9a.m. en una época en la que yo estaba sin trabajo, y el gimnasio se convirtió prácticamente en mi segunda casa, entrenaba todo lo que podía.  Así que entré pensando en que esta clase me ayudaría a estirar.

La clase era impartida por Stephan Brodziak, y me enganché. Stephan siempre hacia que la clase fuera retadora, y para una loca intensa como yo, era maravilloso descubrir que podía hacer cosas diferentes con mi cuerpo, a un ritmo más lento, pero que requerían mayor fuerza que una clase de step, o mayor precisión en la colocación adecuada del cuerpo que una sesión de body combat y sin duda, requerían más paciencia.

Con el tiempo, aprendí a pararme de cabeza, a mantener el balance en la postura del árbol, a conectar con mi flexibilidad. Stephan fue definitivamente el gancho que me conectó con la práctica de yoga. Amé sus clases, la dedicación y empeño que puso en que yo aprendiera e intentara hasta lograr, las voy a agradecer siempre.

Stephan dejó de dar clases en el gimnasio, y finalmente yo me aburrí de entrar a tanta clase grupal y empecé a correr. Y con la corredera apareció mi primera lesión en la rodilla, que por su puesto tiene una historia peculiar que puedes leer aquí.

Estuve muchos meses en rehabilitación y sin poder correr. Y durante ese tiempo, descubrí la necesidad de aprender “algo” que me ayudara a entender mejor mi cuerpo, que me ayudara a identificar de forma más precisa mis necesidades, que me hiciera aprender qué alarmas se encendían en mi cuerpo previas a la lesión, y, por ende, me hiciera aprender a no activar dichas alarmas. Necesitaba SENTIR y PERCIBIR mi cuerpo de forma distinta.

Y entonces se me ocurrió la loca idea de hacer una certificación como maestra de yoga.

Yo no quería aprender yoga para enseñar a otros, al menos no por el momento. Tal vez en un futuro me veía dando clases de yoga cuando tuviera hijos para tener un ingreso sin la rigurosidad y ausencia que implica un trabajo de oficina. Pero en ese momento quería aprender yoga para enseñarme a mi, para descubrirme a mi.

Con Dakini y mi gran amiga Cris

Busqué información sobre certificaciones próximas y encontré la certificación de Yoga Espacio, con Jñana Dakini como líder de aquel proyecto. Nos escribimos un par de correos. Era enero de 2012. A mediados del mes de septiembre de ese año asistí  a una clase con Dakini a Yoga Espacio Del Valle, pues parte de los requisitos del ingreso a la formación era que ella observara mi práctica. Quien tenga la dicha de conocer a Dakini sabe la solemnidad de su clase, la claridad de sus instrucciones, y la fuerza de su presencia. Para una novata en este dulce arte del yoga, sentir a Dakini caminando cerca me ponía super nerviosa.  Pensaba que todo en mi práctica tenía que ser impecable, lo que sea que eso significara en ese momento, porque claro, mi practica era todo menos impecable. Al final de la clase, conversamos un momento, esperamos a que todos los alumnos salieran, y me invitó a pararme de cabeza en el centro del salón, cosa que hice. Ese fue mi “examen de admisión” para la certificación de maestros. ¡Gracias siempre Stephan por enseñarme a pararme de cabeza!

En octubre de ese año empezó mi formación como maestra de yoga, y durante 2 años, un fin de semana al mes me dedicaba viernes, sábado y domingo a aprender todo lo relacionado a la práctica de yoga. Tuve clases de anatomía, de biomecánica, de filosofía del yoga, de secuenciación, de pranayama, de meditación. Pero la mayor lección para mi, fue el cuidado y la observación de mi propio cuerpo y mi propio sentir.  Me sumergí en el mundo de yoga de pies a cabeza.

Uno de mis sitios favoritos para correr

Seguía corriendo. Y esa conexión maravillosa que encontré entre yoga y correr me acompaña desde entonces y aun hoy me hace inmensamente feliz. A través del yoga aprendí a observar mi cuerpo en movimiento, a sentir con qué parte del pie caía, a sentir qué músculos se activaban. Correr se volvió un proceso de meditación en movimiento, pues lo hacía (lo hago) con mucha conciencia, sintiendo mi cuerpo en todo momento.  Aprendí a estirarme mejor, y con ello a que no aparecieran contracturas tan intensas en mis piernas. Aprendí que posturas podía realizar, hasta donde podía flexionar mi rodilla, con qué posturas debía tener cuidado, qué movimientos me causaban dolor y era mejor evitar. Y con el paso del tiempo estas lecciones han ido evolucionando, pues mi cuerpo no siempre es el mismo, y mi lesión de rodilla también evoluciona.

 

La práctica de yoga siguió presente en mi vida, en mi aprendizaje personal, en mi practica personal. Se convirtió en mi herramienta para mantener a raya mi lesión, para encontrar calma, para conectar conmigo. Aprendí a respirar mejor, incluso cuando corría, porque claro, seguía corriendo, incluso empecé a hacer triatlón, como puedes leer aquí. En esos años di muy pocas clases de yoga, básicamente en un box de crossfit, y a amigos cercanos.

En diciembre de 2015 nos mudamos a Mérida. Seguía corriendo. Triatlones. Carreras. Yoga. En octubre de 2016 Abrí Planeta Maratón, mi tienda especializada en running. Y pensé en compartir yoga con otros corredores, así que durante dos años di clases de yoga para corredores vía Facebook para quien quisiera conectarse o quien quisiera venir a la tienda a practicar conmigo. Di clases de yoga a muchos grupos de corredores, pues poder compartir una herramienta que para mí es tan poderosa y tan útil para mi cuerpo, seguro que le puede servir a alguien más.

 

En formación con Akenara

A la par seguía practicando yoga en diferentes lugares, con diferentes maestros. Aprendiendo cosas nuevas, descubriendo cosas nuevas de mi cuerpo y de mis posibilidades. Y una cosa llevó a otra y volví a tomar una formación de maestros en 2017, pero esta vez en Vinyasa, con Fernando Vallejo, Akenara. Vinyasa es un estilo de yoga mucho más fluido en el que las posturas se conectan entre sí a través de la respiración. Me gusta vinyasa porque es una especie de danza, de movimiento armónico en el que pareciera que no hay esfuerzo, que todo fluye. Aunque claro, hay muchísimo esfuerzo. Pero este elemento de fluidez me encanta. Gracias a esta formación tuve oportunidad de conocer a muchas personas involucradas en el mundo de yoga en Mérida, y entonces empecé a dar clases ya en escuelas de yoga prácticamente todos los días.

 

Dar clases de yoga es una gran experiencia. Es una gran responsabilidad también, porque invitas a que las personas experimenten con su cuerpo, se muevan, hagan torsiones e intenten cosas nuevas, entonces tienes que hacerlo desde la certeza de que van a estar a salvo y no se van a lastimar. Mi principal aprendizaje con Dakini fue precisamente el cuidado del cuerpo, y es algo que cuido mucho en mis clases: se gentil con tu cuerpo y escúchalo. Y desde ahí, observa cómo te sientes moviéndote de tal o cual manera hacia tal o cual postura. El «esfuerzo máximo» no siempre es lo mejor para tu cuerpo como puedes leer en este post. 

Desde mi perpectiva, con la práctica de yoga podemos obtener muchos beneficios, y te quiero contar al respecto:

 

Yoga se trata de unir, de conectar.

La práctica te lleva a conectar contigo, con tu respiración, con tu cuerpo. Te sientes dueño de tu cuerpo, y vuelves a confiar en él. Es curioso, pero nos volvemos desconfiados de nuestro propio cuerpo: perdemos la seguridad de movernos, de balancearnos, de brincar, de girar, de alargar, de contraer. Es como si viviéramos en nuestro cuerpo, pero al mismo tiempo no habitáramos en él. Y eso ocurre porque dejamos de ser conscientes de cómo usamos el cuerpo: nos movemos mecánicamente, sin ser conscientes de nuestros movimientos. Y además, cada vez usamos menos el cuerpo. Entonces nos desconectamos. Vamos perdiendo las conexiones neuronales que nos permitían hacer tal o cual movimiento porque las dejamos de usar. ¿Hace cuanto que no das una marometa en el piso? Y seguro no lo intentas en este momento porque te da miedo lastimarte, porque no sabes cómo empezar a hacerla, no sabes cómo caer, ni cómo usar tu cuerpo.

Impartiendo clase de yoga

Un alumno nuevo en yoga siempre se nota: primero porque le pregunto, segundo porque se mueve con lentitud, incluso con torpeza. Voltea a ver a los demás porque no está seguro de haber entendido la instrucción. Duda de cuál es su lado derecho y su lado izquierdo. Su cuerpo está rígido, le cuesta moverse. Su rostro está tenso, su espalda encorvada. Pero conforme avanzan las clases y ves cómo se vuelve a apropiar de su cuerpo, y vuelve a conectar con sus brazos, con su espalda, se relaja su rostro y se suavizan sus hombros, sabes que lo estás guiando por buen camino. Es una maravillosa experiencia y siempre agradezco la oportunidad de enseñar a alguien que nunca ha practicado yoga.

 

Yoga calma las fluctuaciones de la mente

El pensamiento generalizado sobre el yoga pareciera ser que yoga te relaja. Y si, de alguna manera lo hace, pero no es magia: es a través del trabajo físico de las posturas, y la atención consciente en tu cuerpo y en tu respiración que logras relajarte. Cuando estás en una práctica de yoga, tu maestro te dirá constantemente que te concentres en tu respiración. Que observes tus manos. Que respires profundo y lleves tu atención a tu columna vertebral.

Durante toda la práctica estás observando diferentes aspectos de ti mismo, llevando tu atención a un único punto: ATENCION UNIFOCAL. Pero a la vez, tienes que observar varias cosas al mismo tiempo: la posición de tus manos, tu columna, tu respiración, llevando tu atención a varios puntos al mismo tiempo: ATENCION MULTIFOCAL. Este centrar tu atención en un punto y luego en muchos, y luego en uno, y luego nuevamente en muchos, es lo que nos hace estar presentes en el aquí y en el ahora. Tu “cháchara” mental respecto a tus preocupaciones, tareas, problemas, cosas que resolver queda por un momento silenciada y te dedicas a enfocar tu atención en ti, en tu cuerpo, en tu respiración. Eso es lo que brinda la sensación de relajación: estar presente en el aquí y en el ahora.

Trabajando pranayama en clase

Es lo que busca el yoga: mantenerte presente en el aquí y en el ahora, y que tu cabeza deje de ir y venir entre un pasado que ya pasó y con el que no puedes hacer nada, y un futuro que aún no ocurre y que solo estás imaginando en tu cabeza. Yoga busca que te dediques a estar aquí, ahora, conectando con lo que sientes, con lo que haces, con tus movimientos, con tu respiración.

Cuando realizas una práctica de yoga desconectado de tu cuerpo, se nota: no puedes seguir las instrucciones del maestro, te desesperas al permanecer mucho tiempo en una postura, te cuesta mantener el balance, te esfuerzas en exceso sin lograr sentirte cómodo en tu tapete. Demasiada cháchara mental. Demasiada inquietud. Demasiados pensamientos. Generalmente lo que ocurre fuera de nuestro tapete de yoga nos lo llevamos al tapete de yoga, como puedes leer en este post. El reto es aprender a observar lo que está sucediendo contigo dentro de tu tapete, para aprender a enfocarte en ti,  en tu práctica, en tu cuerpo, lograr mantenerte presente, y después poder llevar eso a tu vida cotidiana.

 

Yoga también implica esfuerzo físico.

He escuchado a muchas personas decir que la práctica de yoga «les da flojera» porque no hay esfuerzo. La práctica de yoga nos lleva a trabajar la fuerza de todo nuestro cuerpo, incluso partes que no pensabas que se tenían que trabajar como los arcos de los pies, o los dedos de las manos, se involucran en el proceso de las ásanas. Es un tipo de fuerza más estático, de mayor permanencia, de mayor presencia. Permanecer estático en una postura por varias respiraciones requiere un esfuerzo isométrico de tu musculatura, es decir: fuerza. E involucra también paciencia y resiliencia, porque el primer impulso es salir corriendo de la postura cuando el músculo empieza a arder del esfuerzo, pero aun así permaneces, y sales con calma, con quietud. Todo un reto a la voluntad, y un verdadero esfuerzo a nivel físico.

La flexibilidad es otra de las cualidades que se va desarrollando con la práctica de yoga. Hay personas que ya vienen con kit de flexibilidad muy amplio, y habemos quienes tenemos una flexibilidad reducida que tiene que trabajar más para ver algún tipo de avance. Es muy común en los corredores, por ejemplo, que nuestras manos no lleguen al piso cuando estamos de pie y flexionamos el torso en uttanasana. También tenemos más corto el tendón de Aquiles y se nos complican posturas como malasana. Pero poco a poco el cuerpo adquiere flexibilidad cuando trabajamos con conciencia, atención plena y constancia. Aquí es importante recordar que la forma en la que se ve la postura no es lo importante, lo importante es cómo se siente, los beneficios que tiene para ti, y cómo avanzas en tu camino. Y el camino de yoga es un camino personal.

Aun cuando en redes sociales veas la foto de la postura donde el practicante tiene la cabeza en la rodilla, y nos maravillamos de su flexibilidad, no significa que ese es el objetivo de la postura. Las posturas de yoga siempre tienen opciones que podemos utilizar de acuerdo a las posibilidades de nuestro cuerpo. Y cada opción es perfecta porque tu cuerpo hará lo que necesita en ese momento. No hace mejor la postura quien lleva la cabeza a la rodilla que quien no la lleva. Simplemente los cuerpos y sus posiblidades son distintos. Tal vez el que lleva la cabeza a la rodilla se está lesionando porque está empujando demasiado los discos vertebrales, y en vez de traerle un beneficio a su cuerpo, le traerá una lesión.

Está bien esforzarse, claro que quieres esforzarte, pero lo principal es escuchar al cuerpo, tratarlo con gentileza y encontrar la forma adecuada de realizar la postura para no lastimarte. Tu maestro de yoga debería llevarte siempre por este camino del cuidado del cuerpo y de las articulaciones, observando tu cuerpo y tus necesidades específicas. Es encontrar el balance entre lo que quiero lograr y lo que puedo logar físicamente hablando. Tal vez yo quisiera hoy pararme de manos sin utilizar la pared. Pero, mi cuerpo aún no está listo para lograrlo porque me hace falta fuerza en el core, en las piernas, en los brazos. Y si lo intento sin la guía adecuada, lejos de lograr pararme de manos, puedo caerme y lastimarme.

Entonces aparece también la importancia del balance: el equilibrio entre lo que quiero hacer y lo que estoy listo para hacer. A veces el miedo no nos deja avanzar: vemos la postura y pensamos que es demasiado compleja, y nosotros mismos nos decimos que no podremos, y dejamos de intentarlo. ¿Qué pasa si lo intentamos? ¿Qué pasa si entendemos cómo debemos entrar a la postura, observamos dónde hay que ir aplicando fuerza o flexibilidad y lo hacemos? No importa si nos sale “bien” o nos sale “mal”, pues hacer una postura de yoga no nos define. Nuestra capacidad para intentar cosas nuevas si. Aplica también para aquello que nos da miedo intentar fuera del mat.

 

Yoga fortalece nuestra propiocepción

Practicar yoga nos permite fortalecer nuestra propiocepción: nuestra percepción de nosotros mismos, de nuestro cuerpo. Nos permite re conectar y volver a activar las conexiones neuronales que habíamos perdido por la falta de movilidad. Cuando logras conectar con tu cuerpo, abres un mundo de posibilidades a explorar otros aspectos de ti mismo más allá del plano físico, pues empiezas a observar también tu plano emocional, tu plano energético. Empiezas a darte cuenta de la relación que existe entre tu emoción y tu cuerpo, y cómo cuando estás estresado te duele la espalda, o cómo cuando estás molesto te duele la rodilla. Así vamos entendiendo poco a poco que nuestra emoción no está separada de nuestro cuerpo, ni de nuestra mente: somos un todo, un único paquete lleno de huesos, músculos, ligamentos que también tiene emociones y pensamientos dentro de si, y que los pensamientos y emociones no están “aislados” o contenidos físicamente en nuestra cabeza sino que se reflejan y viven en todo nuestro cuerpo. Incluso nos «hablan», y nos hacen saber cuando algo no anda del todo bien. Aprendemos también cómo cuidar de nuestro cuerpo nos va ayudando a cuidar de nuestras emociones, nos ayuda a entendernos mejor, y a sentirnos mejor en nuestro propio cuerpo.

 

Ojalá que mi experiencia con el yoga y mi perspectiva sobre él te inspire y te motive a practicar yoga, y descubras como yo que es un camino hermoso lleno de posibilidades infinitas que siempre tiene lo que necesitas. Es un gran aliado en momentos de cansancio físico, de estrés, de temor, de enfado. Es un regalo para ti mismo, para tu cuerpo, para tu alma. Tiene lecciones que siempre puedes llevar fuera del mat, y que poco a poco van transformando tu vida y haciendo tu camino más luminoso, porque las enseñanzas del yoga no se quedan a nivel físico, pues permean y trascienden mucho más allá incluso de ti mismo.

Gracias por leerme.

Namasté.


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Addy Zepeda

Corredora, yogui, triatleta y ahora blogger de bienestar. Experta en Cambio Organizacional. Mercadóloga de profesión, deportista de corazón. Comparto lo que he aprendido en este camino del deporte y la vida sana por si a ti también te sirve.

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