El amor que merezco

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Anoche mientras sacaba a mis perros al paseo nocturno, escuché a mis vecinos discutir.

Ella estaba afuera de su casa, tocando la puerta:

“Raúl, dame mis cosas. Raúl, dame mis cosas para que me vaya”

Imagen de internet

Después de varias suplicas más, Raúl abrió. No escuché lo que dijo Raúl, pero ella respondió:

“No voy a pasar, tu pásame mis cosas, ya están en la maleta”. Y Raúl volvió a azotar la puerta.

Ella nuevamente insitia desde fuera:

“Raúl, dame mis cosas, son las cosas de mi “no entendí lo que dijo”, las necesito. Dame mis cosas. Le voy a seguir mandando mensajes a tu hermana. Dame mis cosas”

La verdad es que no pude más que sentir pena por ellos. Cargué a mi perro y seguimos con nuestra vuelta nocturna.

Al volver a casa abracé a Luis, y le agradecí infinitamente que ya no estemos en esa etapa de discutir porque sí, porque claro que también lo hicimos.

Y es que, todos sin duda hemos sido ella rogando que nos den nuestras cosas para irnos, como si llevarnos las cosas materiales fuera lo más importante, cuando en realidad podríamos irnos sin llevarnos absolutamente nada más que nuestra dignidad bien puesta. Pero seguimos ahí tocando la puerta porque en realidad no queremos irnos. Queremos que Raúl nos abra la puerta, nos abrace y nos diga que todo va a estar bien, que vamos a salir adelante también de esta discusión.

Y también hemos sido Raúl, queriendo controlar la situación a nuestro antojo y haciendo sufrir al otro más de lo necesario porque ya conocemos esta dinámica, ya sabemos qué es lo que sigue y qué botones apretar para provocar la reacción A o la reacción B.

La pregunta del millón es ¿Por qué actuamos de esta manera? En cualquiera de los roles, ¿qué es lo que nos hace actuar de esta manera con nuestra pareja? No se trata de conocer la historia, o la razón del pleito, de si ella tiene la razón, o si la tiene él. Se trata de observar el comportamiento, y preguntarnos, ¿por qué actuamos de esta manera de forma repetitiva en nuestras relaciones en general? Yo creo que pueden ser dos cosas: 1. Nuestro ego. Nuestras ganas de tener la razón, de ganar, de no ceder, de no demostrarle lo que siento de verdad, de “enseñarle” que aquí las cosas se hacen como yo digo. 2. El miedo. Miedo a quedarnos solos. A que esta relación se termine aunque me haga sufrir todos los días. Miedo a no encontrar a alguien más. Miedo a que nadie más me quiera. Miedo a terminar solo. Miedo arrastrado durante años que me hace sentir que esto es lo máximo que merezco de una relación, porque este fue el patrón de amor que aprendí.

Y resulta super duro observar que muchas veces, casi de forma automática e inconsciente, vamos repitiendo patrones de lo que vivimos en nuestra infancia, de aquello que aprendimos que era amor o que entendimos como amor, aunque ahora nos lastime, nos hiera, nos haga tremendamente infelices, creemos que “eso” es el amor, que así son las relaciones, y que eso es lo que nos toca aguantar si queremos una vida en pareja.

En mi historia de vida aprendí que tener pareja era una cosa desastrosa y terrible.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía tres años y cada uno volvió a casarse algunos años después. Siempre viví con mi madre, y convivía muchos fines de semana con mi padre. Y la relación con sus respectivas parejas siempre me pareció muy complicada. No me daban ganas de tener una pareja y vivir aquellas circunstancias.

En el caso de mi madre, por ejemplo, observaba algo que yo en aquel momento entendía como independencia: ella trabajaba, ganaba su dinero, pagaba muchas cosas de la casa. Yo escuchaba con frecuencia conversaciones en las que se repartían los gastos, las obligaciones, lo que le tocaba pagar a cada quién. Y yo pensaba que eso era algo normal porque yo sabía que mi mamá era una mujer independiente y trabajadora. Hoy, más de 20 años después me doy cuenta de que nunca los vi haciendo planes juntos en lo económico, supongo que son formas distintas de administrarse, pero hoy lo interpreto como que no unían esfuerzos para un mismo fin, o para un fin común, era como si cada quien tuviera su propia agenda, sus propios intereses y no un interés en común.

El clima en casa siempre era tenso, poco cómodo. Parecía que los adultos estuvieran enojados la mayor parte del tiempo. Desconozco si era así, pero así se sentía. Todo era demasiado serio, demasiado gris. Pocas conversaciones, pocas risas, pocos momentos de compartir cosas todos juntos.

Con mi papá la dinámica familiar era tal vez un poco más llevadera, con mayor interacción. Pero también los veía enojados con frecuencia, distanciados, cada quién haciendo sus cosas en solitario o de manera independiente.

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Muchos años de mi vida pensé que yo no quería una pareja, que no necesitaba una, porque esa dinámica que había observado en mi casa me parecía espantosa. ¿Para eso son las parejas? ¿Para tener una vida gris, enojada y triste? No gracias.

Y durante muchos años tuve relaciones sin que me pasara la idea de tener relaciones a largo plazo, porque eso no era para mi. O bien relaciones muy sufridas que aceptaba como «normales».

Iñigo llegó a mi vida para cuestionarme ese paradigma tan definido y autoimpuesto. Fue la primera relación en la que me sentí amada de una forma realmente bonita, de una forma diferente, de una forma llena de libertad, y sin ataduras. Descubrí la posibilidad de tener una relación basada en la confianza genuina, en la transparencia y la buena intención de los actores. Donde no había que dar explicaciones o justificaciones interminables cuando yo quería salir sola con mis amigas, o me quería ir con ellas de viaje, porque no había nada de malo en querer hacer cosas sola aun cuando tenía pareja. Había esta posibilidad de disfrutar, de reírse, de compartir y de estar, que no conocía. Iñigo marcó mi vida porque me hizo descubrir, muchos años después, que yo merecía que me amaran bonito, porque hasta entonces no lo sabía.  Pero claro, a veces nos tardamos mucho en aprender y la vida no espera.

Años después, en un contexto diferente, con una realidad diferente, apareció Luis. Fuimos amigos mucho tiempo antes de empezar a salir. Y de verdad nos divertíamos juntos. Había siempre mil temas de los cuales hablar, reíamos a carcajadas, y la pasábamos realmente bien. Y empezamos a salir.

Yo me sentía tan contenta con él, que quería estar con él todo el tiempo, y eso me sacaba muchísimo de onda. Era como si todo este discurso que me había dado a mi misma durante años de “no necesitas una pareja a largo plazo” desapareciera cuando Luis aparecía en escena. Y me sacudía un montón. Peleaba conmigo misma de forma constante por sentirme bien estando con Luis, y entonces me enojaba conmigo misma, me ponía de super mal humor y terminaba enojándome con Luis y teniendo pleitos absurdos como los de la vecina del inicio del post, porque yo no podía aceptar el hecho de sentirme tan bien con Luis. ¿Qué tal? ¿Así o más grave mi autosabotaje?

 

Claro, esto se los cuento hoy como 10 años después de que pasó y muchas sesiones de terapia después, que me ayudaron a descubrir qué era lo que estaba pasando conmigo, porque en su momento no tenia ni idea de que eso era lo que estaba pasando. Yo simplemente vivía como en un dilema de querer estar con Luis, pero me regañaba a mi misma por querer hacerlo, y entonces no hacía lo que en realidad quería hacer, y todo era un caos. Y claro, todo ese caos estaba en mi cabeza.

Las cosas con Luis se complicaban especialmente para mi cuando él tenía detalles súper lindos conmigo, porque yo no sabía como aceptar esos detalles. A lo mejor cualquier otra chica habría reaccionado emocionada y sorprendida, y habría llenado al novio de besos y se habría permitido DISFRUTAR el momento, el detalle, la atención, y todo lo que estaba pasando, pero yo no sabía como hacerlo, era una emoción que me sobrepasaba, y como mecanismo de defensa, yo me enojaba, ¡y me enojaba mucho! Al punto de reclamarle que me hubiera regalado una cámara fotográfica porque para mi significaba que él creía que yo no me la podía comprar por mis propios medios, o enfurecerme cuando llegó con unos boletos para ver a U2 en Las Vegas, porque “¿quién te dijo que yo quiero ir a Las Vegas a ver a U2?

¿Así o más loca?

Gracias al trabajo en terapia descubrí que la razón de mi enfado era en realidad miedo. Miedo a una emoción desconocida. Miedo a que tuvieran detalles lindos conmigo sin razón, porque nunca nadie me enseñó que yo me merecía que tuvieran detalles lindos conmigo. No aprendí en ningún lado a que tuvieran detalles lindos conmigo solo porque si, sobre todo detalles que me dejaban sin aliento, que me causaran tanta emoción, y entonces me protegía a mi misma de esa emoción tan intensa y desconocida reaccionando con enojo, porque el enojo era una emoción mucho más conocida, familiar y fácil de controlar.

No me sabía merecedora de amor bonito, de detalles bonitos, de que cuidaran de mi, de que me protegieran. Malentendí muchos años el concepto de ser una mujer “independiente”, porque claro, una mujer independiente lo puede hacer todo ella misma: desde poner un cortinero en su casa, hasta cargar las bolsas del súper, cajas de leche incluidas. Pero que mi pareja me ayude a poner el cortinero de la casa no me hace menos independiente. Que me ayude a cargar las bolsas del super no me hace menos independiente, o menos fuerte, o menos capaz. Pero claro, eso yo no lo sabía. Nadie me lo dijo. No fue lo que viví en mi niñez. Para mi el ser independiente equivalía a hacer todo sola. Por eso no cabía una pareja en mi vida. Hacer las cosa sola no es sinónimo de independencia, porque aun hoy con pareja hay cosas que yo hago sola cuando Luis no está, y me toca ir a comprar los garrafones de agua, por ejemplo, pero que cuiden de ti va más allá de eso. Y por extraño que parezca, yo no sabía cómo era eso de dejarse cuidar, porque siempre había cuidado de mi misma, esa responsabilidad había estado siempre en mis manos, y ya con que los demás no me jodieran me daba por bien servida.

 

 

 

Después de una época muy difícil entre Luis y yo, y de mucho crecimiento y autodescubrimiento por mi parte sobre mis conceptos de amor/independencia/pareja, y mucha paciencia y amor infinitos por parte de él, tuvimos conversaciones brutalmente honestas, con mucha apertura, mucho sentido de la escucha y mucha disposición al cambio. Sabíamos que, si queríamos lograr algo de esta relación, necesitábamos reinventarnos y empezar de nuevo. Y  estuvimos dispuestos a hacerlo, con una disposición genuina, no de esas a medias en las que decimos que ya perdonamos pero el rencor nos sigue carcomiendo, y nos seguimos enfadando por lo mismo cada 3 minutos. No. Lo intentamos de verdad, estuvimos dispuestos a cambiar la historia en serio.

Y nuestra relación se transformó de manera increíble. Yo aprendí a recibir amor. Aprendí a recibir atención, cuidados, mimos, apapachos, sin sentir que eso me hacía “dependiente” de alguna manera. Me dejé querer, me dejé cuidar, me dejé consentir.  Dejé de pelear conmigo misma por sentirme bien con Luis. Aprendí a ser coherente con lo que siento, pienso y hago también en temas del amor.  Perdí el miedo a decir abiertamente lo que siento y lo que quiero, sin importar si está “bien” o si está “mal”. Y cada vez hemos aprendido a expresarnos mejor para que el otro entienda mi necesidad y no se sienta atacado.

 

Yo sigo aprendiendo conceptos nuevos sobre el amor prácticamente todo el tiempo.

Entiendo que el amor también tiene límites, y tiene enfados, y tiene buenos momentos, y momentos malos. Es decir, no he idealizado la idea del amor, al punto en el que todo tenga que ser siempre color de rosa, sin pleitos, y totalmente complaciente.  Es una práctica constante, diaria. No siempre es fácil. Pero he descubierto que si bien en una relación el amor es el gran protagonista, también hay otras emociones importantes que participan, como complicidad, apertura, diálogo, disposición, tolerancia, amabilidad, perdón.

De mis aprendizajes más valiosos es que una pareja es un equipo. Que el otro no es tu enemigo, no te quiere atacar, ni te quiere dañar, al contrario, te quiere ver bien, quiere que crezcas, que avances. No intenta joderte, detenerte o frenar tus sueños, no intenta cambiarte, porque el cambio va surgiendo de manera natural en ti, y también en él,  en pro de la relación, porque ambos crecen, evolucionan y se transforman. Si tu estás bien, el otro también lo estará. Y tu necesitas estar bien, para que el otro también lo esté. No dejas de ser tú, el tampoco deja de ser él, y el todo es más que la suma de las partes.

 

Observas como tu eres mejor porque estás con él, y como él es mejor porque está contigo. Hay cosas en mi vida hoy en día que yo definitivamente no habría hecho si Luis no estuviera a mi lado, y se que hay cosas que el tampoco habría logrado si yo no estuviera aquí. ¡Y eso es maravilloso! Porque nos hacemos bien, nos impulsamos, sacamos una mejor versión de nosotros mismos cuando estamos juntos. Somos un equipo. En nuestro caso, hasta entrenamos juntos como puedes leer en este post.

 

Este no es el tipo de amor que aprendí en mi casa, pero es el amor que elegí construir, que elegí tener, porque es el tipo de amor que me hace feliz, me llena el alma y me hace brillar en todo mi esplendor. Es el amor que me merezco tener. Porque me merezco tener el tipo de amor que me hace feliz, lo que sea que eso signifique para cada uno de nosotros. Y te comparto mi historia para decirte que está en nuestras manos elegir el amor que queremos en nuestras vidas. Basta ya de culpar a la vida y a las circunstancias terribles y trágicas. Nosotros somos responsables de nuestras propias acciones/decisiones/elecciones todos los días. Y podemos seguir culpando a los demás de todo lo terrible que nos pasa, o tomar cartas en el asunto, cambiar aquello que no me gusta de mi mismo de mi vida, y entonces trabajar en construir aquello que quiero tener, aquello que me merezco tener. Porque tanto tu como yo nos  merecemos tener una vida feliz, llena de amor, de respeto, de comprensión, de amabilidad. Y quien te diga lo contrario te está mintiendo, y se está aprovechando de ti.

 

No importa si tu historia y mi historia son diferentes. No importa si tu eres mayor que yo, o si ya tienes tres hijos, o si yo te llevo 20 años. Todas las personas sin excepción nos merecemos ser felices. Y nos merecemos la oportunidad de buscar, construir y trabajar por nuestra felicidad. Así que vamos tomando la parte de responsabilidad que nos corresponde. Deja de culpar a tu pareja, a tus padres, o de responsabilizar a tus hijos, y haz la parte que te toca. Al único que puedes cambiar es a ti mismo. Y cuando tengas el valor de hacerlo, verás como todo lo demás cambia en consecuencia. Reconoce que mereces ser amado como tu necesitas. Y en este reconocimiento de ser amado, empieza por amarte a ti mismo, y en consecuencia podrás amar a los demás.

 

 

Amor propio.

Si. Ese también nos lo merecemos.  Ese hay que empezar por encontrarlo, entenderlo, y entonces trabajarlo y fortalecerlo. El amor propio se merece un post aparte, que aun no estoy lista para escribir porque estoy muy al principio del camino, pero hay algunas cosas muy simples que he aprendido gracias a Olivia, coach de subconsciente con quien mi vida se cruzó de forma muy particular y que he puesto en práctica sobre el amor propio que me han cambiado la perspectiva de mi misma:

  1. Me aplaudo. Es decir, me reconozco aquello que hago bien. Lo que logro. Mis esfuerzos. Mis días de trabajo intenso. Esa pasta que me quedó deliciosa. Esa sesión de entrenamiento que logré terminar. Me aplaudo.
  2. Me agradezco. Agradezco todo lo que hago por mi misma todos los días. Me agradezco mi disciplina para levantarme temprano a entrenar. Me agradezco cuidar mi alimentación para rendir todo el día. Me agradezco haberme ido a dormir temprano porque moría de cansancio. Me doy las gracias por aquello que hago de mi para mi.
  3. Me esfuerzo. Lo intento. Cuantas veces sea necesario. Hay posturas de yoga que me cuestan mucho trabajo, y trabajo y trabajo en ellas para lograrlas. No me dejo vencer cuando algo parece ponerse difícil. Me esfuerzo de verdad, de manera genuina, para mi misma. Me esfuerzo.

Hazlo todos los días. Son un par de minutos de detenerte y pensar en esas tres cosas que haces de ti para ti. Y hacerlo todos los días lo convierte en un habito, es una semilla que vas sembrando, para construir este amor propio. Y entonces dejaremos de creernos lo que otros dicen de nosotros mismos porque todos los días volteamos a ver lo que somos capaces de hacer con esfuerzo, reconocimiento y agradecimiento. Desde la humildad. Solo por el hecho de reconocernos, valorarnos y amarnos, Por cierto checa este post que habla sobre enamorarte de ti. 

 

¿Y esto que tiene que ver con el amor en pareja? Todo. Buscamos en el amor de alguien mas aquel amor que no encontramos en nosotros mismos. Y en la medida en la que nuestro tanque de amor propio esté lleno, el amor que buscaremos afuera será un amor menos dependiente, menos dañino, sin la expectativa de que el amor de otro nos hará felices, porque ya somos felices nosotros mismos, y entonces estamos listos para compartir esa felicidad con alguien más, y enriquecer la relación, porque soy capaz de reconocer las cosas buenas en el otro, porque ya las reconocí antes en mi. Entonces puedo tener una idea más clara del amor que merezco, del amor que quiero en mi vida, sin necesidad de tirarnos al piso para conseguirlo, sin necesidad de tanto drama o tanto pleito como el de mis vecinos. Cuando yo reconozco que merezco ser amado bonito, mi amor propio ya está floreciendo en mi.

Sencillo no es. Pero no perdemos nada con intentarlo. En una de esas resulta mejor de lo que esperábamos, ¿no?

Recibe un abrazo grande, y mil gracias por leerme.

Addy.

 

 


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Corredora, yogui, triatleta y ahora blogger de bienestar. Experta en Cambio Organizacional. Mercadóloga de profesión, deportista de corazón. Comparto lo que he aprendido en este camino del deporte y la vida sana por si a ti también te sirve.

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