Aquella mañana del 1 de diciembre de 2024 crucé la meta del Maratón Valencia. Vi el reloj 3:31. Cerré los ojos un momento: “Califiqué a Boston”. Guardé ese pensamiento en mi corazón como si no quisiera que le diera ni el sol, porque claro, aun había que cerciorarse que así era, que libraba los tiempos de recorte, que realmente lograría inscribirme, que era real… no quería emocionarme de más y luego decepcionarme, así que preferí no pensar demasiado en ello. Ahí empezó mi camino al Maratón de Boston.
Había intentado calificar a Boston en Maratón de Mérida en 2023, y en Monterrey en 2022. Y lo traía en el corazón desde Chicago 2016 . Bajar tu tiempo 5 minutos, 8 minutos, no parece algo tan difícil, o si? “¿Qué son 8 minutos? Seguro si puedo”. Y si. Claro que puedes. Solo que no es TAN sencillo como pensamos. Y a veces toma más tiempo del que esperas.
Pero esto es así. Correr no es solo correr. Es perseverancia, disciplina, fuerza, descanso, movilidad, terquedad… y más fuerza. Comer mejor, no rendirte, entrenar cuando no tienes ganas. Encontrar tus puntos débiles e intentar minimizarlos. Repetir. Correr. Esforzarte. Mejorar. Y aprender a confiar en ti, en tu cuerpo, en tu proceso.
Por las fechas de Valencia yo no alcanzaba a inscribirme para el maratón de Boston 2025, así que habría que esperar hasta la edición 2026.
En julio de 2025 envié mi tiempo del Maratón de Valencia para validación. Lo aprobaron en agosto. Pero eso todavía no significaba que ya estuviera dentro.
Entre el 8 y el 12 de septiembre tenía que aplicar oficialmente, y después esperar la respuesta definitiva.
Porque sí: aunque tu tiempo sea válido, Boston no te garantiza nada hasta que llega ese correo.
Y finalmente, el 23 de septiembre de 2025, llegó.

Mi entrada al Maratón de Boston había sido aceptada.
Ahora sí podía emocionarme de verdad.
Correría la edición 130 del Maratón de Boston el 20 de abril de 2026
Tenía 7 meses para prepararme a conciencia para tan retadora aventura.
Trabajé mucha fuerza en piernas, porque ya sabía que las cuestas no serían cosa fácil. Y aunque siempre se habla de la dificultad para subir, no hay que descartar lo duro que es bajar, porque los cuádriceps son quienes “reciben” toda la fuerza del descenso, así que me enfoqué mucho en la fuerza “en bajada”, porque claro, además tengo rodillas delicadas que de vez en cuando se quejan. La fuerza era un no negociable para mi.
Se me atravesó una fascitis plantar en el camino. Nada grave. Solo me hizo tomar más conciencia de mis pies. Más movilidad. Más descanso. Más “foot core”.
Cada ciclo de entrenamiento me permite descubrir cosas nuevas de mi cuerpo: nuevas formas de entrenar, de fortalecer, nuevos movimientos, nuevas “zonas” que trabajar. Es un proceso que disfruto mucho porque me permite experimentar conmigo misma, y encontrar ese punto en el que mi cuerpo se siente bien con lo que estoy haciendo en la pista, o en los fondos.
Los fondos de Boston tenían que ser en cuestas obviamente. En Yucatán no tenemos cuestas tan intensas como las de Boston. Pero bueno, trabajamos bastante bien en el terreno ondulado de Uxmal-Santa Elena. Y aunque las cuestas son difíciles, confieso que me encanta la exigencia de las subidas, y que después disfruto enormemente las bajadas. Hoy sé que hicimos el entrenamiento necesario para llegar a Boston en la mejor forma posible.
Los fondos fueron una gozada porque tuve la oportunidad de compartir la mayoría con Isa, y con Rous.

Rous ya había corrido Boston anteriormente. Hace algunos años en una cena Rous nos regaló una taza de unicornios con la intención de que algún día corriésemos Boston, y ¡tarán! 3 años después estábamos las 3 entrenando juntas para aquella anhelada aventura.
Los fondos son importantes a nivel físico, obviamente, pero también a nivel mental. Ahí vas descubriendo cómo te sientes, cómo responde el cuerpo, qué te está costando trabajo, dónde vas sobrada… y a veces ese trabajo mental resulta más duro que el físico.
Lo que te vas diciendo en el camino importa muchísimo.
Y afortunadamente hacer los fondos acompañada de Isa y Rous los volvía amenos, retadores, e incluso divertidos.
Luis y Lau se dieron a la tarea de hidratarnos durante todo el ciclo de entrenamiento. Y aunque pueda parecer poca cosa, tener un equipo que te acompañe cada domingo es increíble.
Luis además es súper metódico y numérico. Sabía perfecto cuándo te tocaría hidratación, qué ibas a necesitar y cómo moverse para alcanzar al siguiente corredor. Siempre atento. Siempre pendiente de todos.
Mil gracias, Lau. Mil gracias, Luisito.
Este entrenamiento no habría salido igual sin ustedes, sin su apoyo y sin toda su retroalimentación.
El regreso de los fondos también eran una aventura: literal montábamos un pic nic. Teníamos por lo menos una hora de camino una vez que terminábamos y obvio moríamos de hambre, así que empezamos a compartir fruta, sandwichitos, hot cakes, huevitos, café, mientras veníamos de regreso. Con las respectivas charlas de cómo nos habíamos sentido, qué nos había salido muy bien, dónde nos habíamos equivocado. Cómo nos habían visto Lau y Luis y qué era importante trabajar en el siguiente fondo.

Fue tremendamente enriquecedor para el corazón. Y para el físico obvio. Es increíble observar cómo no eres el mismo corredor cada fin de semana. Cómo algunas veces tienes mejores días, y otros no tienes días tan buenos. A veces puedes sostener el ritmo que quieres y otras veces el cuerpo no te da. Observas cómo te impacta el calor, la humedad, una mala noche.
En el proceso pruebas la ropa con la que quieres correr: los tenis, el top, los calcetines, el short.
Más vale que te roce en un entrenamiento y no el día de la carrera.
Así tuve que cambiar de top como 50 veces porque todos me rozaban. El short me rozó una vez y no volví a usar un short tan corto para tanta distancia. Lo que no entrené fueron las mangas, y me confié porque ya había corrido con ellas en Valencia… pero al final también me rozaron.
También entrenas qué comer, cada cuánto, qué te sienta mejor y hasta qué sabor terminas tolerando más.
Para mí fue muy enriquecedor sentirme fuerte en cada fondo. Ver cómo podía sostener el ritmo a pesar de las cuestas y cómo mi cuerpo iba asimilando todo lo que estábamos construyendo.
Tuve un gran ciclo de entrenamiento. Muy disfrutado, muy gozado… pero también muy bien entrenado.
El último fondo lo hicimos en plano. Nos tocaban 33 kilómetros.
Yo ya no quería correr más. Ya me había subido a la camioneta en el kilómetro 29.800 cuando Luis dijo:
“Tenemos que ir a buscar a Isa porque no le hemos dado agua desde hace 15 minutos”.
Llegamos a donde venía Isa, y ella, con ese buen ánimo que la caracteriza, dijo que le faltaban 3 kilómetros. Justo los 3 kilómetros que a mí me faltaban. Así que decidí bajarme a correr con ella.
Isa venía pletórica. Entera. Yo sentía que ya no podía moverme, y ella no dejaba de sonreír, gritar y aplaudir.
“¡Vamos Boston!”, gritaba.
Volteé a ver mi reloj y veníamos a 4:45.
Quien ha tenido la dicha de correr con Isa sabe que su energía es contagiosa. Te cambia el estado de ánimo en un pestañeo, aunque al siguiente kilómetro ya vengan a 4:30.
“Venga, uno más, ya lo tenemos”.
Y cerramos el último kilómetro a 4:25.
Gracias Isa. Gracias por tu energía inagotable, por tu sonrisa y por tu buen ánimo siempre. De verdad ha sido una bendición compartir este ciclo contigo… y cruzar esa meta de Boston juntas.
Con el tiempo he aprendido que estas historias que vives en los entrenamientos son los pensamientos a los que recurres durante la carrera. Son los recuerdos que definen tu estado de ánimo y los que te sostienen en los kilómetros donde necesitas agarrarte de algo.
Por eso el ciclo de entrenamiento también es vital a nivel emocional.
Asegúrate de vivirlo rodeada de gente que te sume, que te aporte, que te haga sentir fuerte y acompañada.
Porque esas vivencias te acompañarán en carrera… y más vale que sean pensamientos que te llenen de energía, y no que te drenen.
Llegó el día. Viaje a Boston. Fui sola. Luis no me acompañó esta vez, fue muy duro emocionalmente. Pero elegí vivirlo de la mejor manera posible. Me quedé en Hopkinton, y lo primero que vi al llegar fue la Start Line. Emoción máxima. Indescriptible. No puedo creer que estoy aquí.
Al día siguiente fui por mi paquete. Y cuando me lo entregan, los voluntarios dicen: “Es el primer Boston de Addy, yeeei” y aplauden. Obvio, lloras. Estas sensible. Esto es irreal. Estás aquí. En Boston. A punto de correr el maratón. Este maratón por el que tanto te has esforzado. Wooow!
Fotos por aquí y por acá en la expo. Cuidar no caminar demasiado. Comer bien. Descansar mucho.

Quedarme en Hopkinton me dio la oportunidad de salir a correr en lugares super bonitos, con árboles llenos de flores, cantos de pájaros y olor a bosque. Soy tremendamente contemplativa. Puedo quedarme horas mirando un paisaje, o un árbol con flores. Entonces este entorno me hizo conectar con una hermosa sensación de calma. No prisa, no rush, mucha presencia. Si mucha emoción, pero sin caos. Una manera muy bonita de vivir mis días previos a Boston, sin duda. Gracias Ana, Martín, por abrirme las puertas de su casa y cobijarme tanto estos días previos a mi maratón. Los gocé muchísimo.
El sábado vi al equipo. Nos tomamos fotos, hablamos, reímos. Comimos juntos. Qué bonito vivir esta experiencia acompañada de otras personas que también vienen a perseguir su sueño.
El domingo vi a Isa. Fue la manera perfecta de cerrar el ciclo que habíamos empezado juntas. Ir a la finish line, caminar por ahí juntas, tomarnos fotos, pffff,¡priceless! Qué bonito conocer a Alma también, que es un encanto, ¡¡¡gracias Almita!! Qué bonito coincidir. El día estaba muy lluvioso, pero eso no hizo que lo disfrutáramos menos. Ramón se unió al contingente. Comimos. Nos tomamos fotos, paseamos un poco. Experiencias que sin duda se quedan guardadas en el corazón.

Ahora si, listas para correr al día siguiente.
Logré dormir muy bien. Tenía todo listo. Ana me iría a dejar a la salida tan cerca como fuera posible, y caminaría el resto. El día amaneció con sol, pero hacía frío.
Me desperté. Me arreglé. Mucha emoción. Había que tomarse el tiempo para hacerme las trenzas, ponerme brillitos. Cuando vas a correr te vistes como si fueras a una fiesta, a un evento importante. Porque lo es: te has preparado para esto durante meses, y ¡tienes que ir preciosa!
Desayuné un bagel con jamón y queso. Me llevé todo lo que tenía planeado. Que al final fue demasiado, exageré un poco, porque el tiempo de espera no era tantísimo, pero bueno, más vale que sobre y no que falte. Llevé mantas de supervivencia para mi, para Isa, para Alma, para Clau. Al final solo use una. Pero bueno, todo lo que llevas extra se dona.
Ana me dejó a un kilómetro de la start line. Caminé hacia la Villa del Atleta. Hacía frío, pero estaba muy soleado. Llegué, extendí mi manta en el piso y empecé a estirarme. Traía una incomodidad en la espalda baja desde hacía días, y ya no le quería hacer mucho caso, pero si necesitaba calentar bien y evitar sorpresas. Vino Astrid por mi, y me mudé a la zona donde estaban con Jimena y Clau. Llegó Rous. El frío era soportable. Gracias por el buff térmico que usas para rodar Luisito, me mantuvo calientito el cuello y con cero frío. Fui a buscar a Isa y a Alma. Encontré a Estefi y a Mariana. Y nos fuimos todas a la carpa. Fotos, comer un poco. Idas al baño. Tomar agua. Electrolitos.

Estaba muy emocionada, pero con mucha tranquilidad. Una sensación distinta a otras carreras. Si lo pienso en retrospectiva, creo que me sentía segura. Sabía que estaba lista para enfrentar este maratón. Mi cuerpo lo sabía.
Astrid y yo tuvimos una última charla sobre la estrategia a seguir.
Astrid y yo éramos de la misma oleada amarilla. Isa y Alma eran oleada verde, salían después de nosotros, así que no correríamos juntas. Nervios. Emoción. Los corredores se acercaban a la salida conforme le tocaba según su wave o el color de su dorsal. El sonido local se encargaba de recordarte que era hora de empezar a caminar hacia la salida si eras dorsal blanco o azul, o amarillo. Llego la hora, nos quitamos la ropa extra que traíamos para mantenernos calientitas, la dejamos en la zona de donación, nos deseamos suerte y empezamos a caminar hacia la salida. Es un recorrido largo, por lo menos un kilómetro. Pasamos al baño.
Yo seguía con las mangas, los guantes, una sudadera térmica y el buff. Si soplaba el aire te congelabas. Por momentos la gente avanzaba, por momentos se detenía. De repente nuestra zona empezó a avanzar a mayor velocidad. Era hora.
No se escuchó disparo de salida, solo tenías que empezar a correr. Me tardé en poner el garmin: ¿cómo me sugieres un entrenamiento en este momento? Nota mental: la próxima prueba el garmin desde antes para ahorrar tiempo. Y empezamos a correr. Los primeros 7kms son de bajada. Clau quería que nos fuéramos un poco más rápido, pero yo me tardo en calentar, y además me daba miedo desgastarme al principio y que luego no me alcanzaran las piernas en las zonas más demandantes, así que decidí quedarme con Astrid al ritmo que habíamos dicho. Con Astrid corrí el Maratón de Valencia. Y lo corrimos juntas casi de principio a fin, y eso te hace conocer a la persona con la que estás corriendo, y aunque en este ciclo no coincidimos tanto, nos apegamos a la estrategia que establecimos. Nos fuimos juntas los primeros 10kms.
Mucha gente a ambos lados del camino. Mucho ruido, muchas porras. Letreros de ánimo por doquier, niños esperando a que las chocaras con ellos. Y si, efectivamente el terreno era de bajada, la inercia te jalaba.
Mejor no ver el reloj y correr como el cuerpo se sienta cómodo sin exagerar.

Ana y su familia estarían en la milla 9. Entonces mi cabeza iba entretenida haciendo cuentas de cuántos kilómetros eran hasta la milla 9. Me emocionaba que hubiese personas echándome porras a tantos kilómetros de casa. Como esta vez no me acompañó Luis, no tenía espectadores que me estuvieran apoyando directamente a mi, más que Ana y su familia, así que agradecimiento infinito.
Empecé a sentir calor, me quité los guantes y el buff. Pensé en dárselos a Ana cuando la viera. Finalmente me quité también la sudadera, aunque seguía con las mangas. El clima estaba muy rico. El frío era soportable. Y seguía muy soleado, así que fue muy atinado correr con lentes.
Cuando empezó la hidratación (creo que estaba cada 2 millas) entregaban primero vasitos de Gatorade de limón, y luego vasitos de agua. Probé el gatorade, no me molestó el sabor, y lo tomé a lo largo del recorrido. En ese momento no sabía que estaba cometiendo un error, pero ya me lo diría mi estómago en el kilómetro 37.
El análisis de la ruta que habíamos hecho sugería que del kilómetro 7 al 25 el terreno era ondulado, sin ser demasiado exigente, así que podría ir a un ritmo “cómodo” sin acabarme las piernas. Este tramo del trayecto lo gocé muchísimo. Me sentía cómoda con mi temperatura corporal, me sentía cómoda con el ritmo.
Por un par de kilómetros me distraje pensando en una incomodidad en el pie, en el metatarso izquierdo, como si el calcetín se hubiera “enrollado”. Es muy interesante cómo cuando le pones demasiada atención a algo, se hace más grande de lo que en realidad es. Pensé que en la villa del atleta me había quitado y puesto los tenis varias veces, y que tal vez sin querer no me había acomodado bien los calcetines, y entonces tal vez me saldría una ampolla. Y pensé “¡Basta! Está incómodo el píe, ahora se te pasa” Y efectivamente, la molestia se me olvidó.
Vi a Ana, a Erika y a Yanina, con los niños, con el letrero que me habían hecho, los gritos, las campanas. Super emocionante!!! Mil gracias!!! Mi corazón inmensamente feliz de verles en la ruta. Les di mis cosas para poder correr más cómoda. Y seguí. Ya era el kilómetro 16. Había dejado de ver a Astrid algunos kilómetros atrás.
Cuando entras a cada pueblo en el trayecto de Hopkinton a Boston, encuentras banderolas que mencionan el nombre de la población a la que vas entrando.
A Ana la vi en Natick. Todos los poblados tienen muchísima porra. Gente a ambos lados de la ruta, bandas de música, niños con letreros, personas ofreciendo fruta, gomitas. Todos gritan, todos animan. Y los puntos de hidratación están a ambos lados del camino. Yo venía corriendo en el centro, y me hidrataba siempre del lado derecho. Es lo que hago habitualmente. Y si, somos animales de costumbres.
Antes de llegar al 21kms, está el Wellesley College, una universidad para mujeres cuyas alumnas forman el famoso “túnel de los gritos”: una valla humana con carteles llenos de cualquier tipo de mensajes, y gritos realmente ensordecedores. Era tal el ruido, que no me animé a acercarme a chocarlas con ellas, solo me emocioné desde lejos. Me tocó ver muchos caballeros muy animados interactuando con las chicas, aunque la verdad es que nos gritaban a todos. Y no, no me tocó ver que besaran a ningún corredor, no al menos cuando yo pasé. Crucé el tapete del medio maratón en 1:45. Muy bien, vamos muy bien.
Con Luis lejos, cruzar los tapetes se volvía algo muy significativo porque era la única manera que él tenía de saber en qué punto del recorrido venía. Así que cada vez que cruzaba un tapete mi pensamiento iba para él: aquí voy guapo, aquí voy.
Ya cerca del kilómetro 25 empiezan las “Newton Hills”, la zona de cuestas.
Son cuatro cuestas que resultan muy demandantes por el kilometraje que ya traes en las piernas para tener que subir.
La primera colina está antes de dar la vuelta sobre la Commonwealth Avenue, justo en la estación de bomberos. En esta zona nuevamente hay mucha gente, mucho ánimo. Por momentos la gente y el ruido te distraen del esfuerzo, hasta que el esfuerzo se hace evidente en las piernas, en la respiración, en el ritmo que poco a poco vas bajando. No conté las colinas. Venía enfocada en correr. Y me seguía sintiendo de maravilla.
En algún momento las choqué con un niño de mi lado derecho, y el movimiento me hizo sentir un conato de calambre en la pantorrilla izquierda. “Ok. Nada de chocarlas ya”. Es interesante como el cuerpo te va mandando “avisos” de su estado. En cualquier otra circunstancia no te imaginarías que el trasladar tu peso hacia tu lado derecho significaría tal esfuerzo para tu pantorrilla izquierda. Pero en estas situaciones de estrés y desgaste, cualquier movimiento se magnifica.
Me preguntaba si faltaría mucho para la Heartbreak Hill. Y entonces apareció.

No tenía la certeza de que era ella, pero lo intuía porque al final de la subida alcanzaba a ver un letrero atravesado de lado a lado, aunque todavía no lograba distinguir lo que decía.
Recordaba además el mensaje que Adolfo había escrito en mi Instagram unos días antes:
“Ni 100 Munas te preparan para las cuestas de Boston”.
Su comentario me hizo dudar de mi entrenamiento. De si había hecho suficiente.
Y entonces llegué a la cresta de la Heartbreak Hill.
Con piernas suficientes para seguir.
Me sentía bien. Me sentía fuerte. Hasta ese momento no había hecho un esfuerzo diferente a lo que entrené. Sí, las subidas costaban… pero no más de lo que había practicado durante meses.
Había entrenado muy bien.
Y lo estaba haciendo muy bien ahora.
El letrero decía:
“Congrats on summiting Heartbreak Hill. Newton ❤️ is with you.”
(“Felicidades por conquistar Heartbreak Hill. Newton está contigo.”)
Había dos espectaculares de Nike.
“Heartbreak? Over it.”
“Heartbreak hurts. You’ll get over it.”
Lloré.
Lloré desconsolada. Tanto que empecé a ahogarme.
“Ok, Addy. O lloras o corres. Ya sabes que las dos no se puede.”
Así que respiré profundo y seguí corriendo.
Y entonces llegó una deliciosa bajada. Totalmente gozada. Me sentía ligera. Feliz. Sentía que la parte más difícil ya había pasado… y yo seguía sintiéndome muy fuerte.

Un poco más adelante volví a sentir una cuesta. ¿Otra cuesta? ¿No se supone que ya casi todo es bajada? Pues no. Más cuestas. Y aunque no eran cuestas rudas, si fueron cuestas inesperadas.
En algún momento cruzamos unas vías de tren con un ligero giro a la izquierda. Pensé que era una zona difícil de pasar para el corredor porque las vías siempre representan un riesgo, especialmente si vienes distraído.
Kilómetro 37. Primer retortijón en el estómago.
Ay no.
Ay no.
El Gatorade.
No me voy a parar al baño.
Hay baños portátiles prácticamente en todo el camino, pero me niego a parar. “Si todo va de bajada, estamos bien”. Ir de bajada es sencillo. La inercia te lleva. No tienes que hacer demasiado esfuerzo para sostener el paso, y para un estómago con problemas digestivos eso es una gloria.
Peeeero… no todo era bajada.
De repente aparecían pequeñas cuestas en las que idealmente apretarías el paso para no bajar el ritmo. Pero si yo apretaba el paso para sostener el ritmo, tendría un accidente.
Mi cuerpo empezó a descomponerse mucho. A entrar en estado de alerta. Me duele el estómago, quiero ir al baño, pero me niego a parar. Estoy sintiendo calambres, pero ya no quiero ni puedo tomar nada.
Busqué las pastillas anticalambres en mi freebelt y sorpresa: la bolsita se había abierto y estaban regadas dentro del cinturón. Así que las fui encontrando “a tientas” y me las empecé a comer, tantas como encontraba.
Con los años aprendes a conocer tu cuerpo. Sabes cuándo un calambre va a ir a más y cuándo no.
Y estos calambres no iban a ir a más.

Solo necesitaba mantenerme a este ritmo para poder llegar a meta.
Al principio del malestar incluso pensé que todavía lograría un mejor tiempo. Pero conforme avanzaban los kilómetros y yo no corría tan rápido como quería, entendí que el enfoque ya no estaba en el reloj.
El enfoque estaba en sostener el cuerpo para poder llegar.
Los tapetes de cronometraje empezaban a estar más cerca unos de otros. Yo los cruzaba y pensaba en Luis.
“Aquí voy, guapo.”
Hacía rato que había cambiado el conteo mental a millas porque “26” suena menos aterrador que “42”. Así que venía restando:
faltan 6…
faltan 5…
faltan 4…
Vi el famoso letrero de Citgo, pero seguí corriendo por lo que todavía me pareció muchísimo tiempo. El malestar estomacal me sacó de balance y venía tan pendiente de mi cuerpo, que mi atención estaba mucho más puesta en mí que en el exterior.

Dimos un pequeño giro a la derecha en bajada, salimos a una calle que volvía a subir ligeramente y entonces, al fondo, apareció el Prudential.
¡Por fin!
Vuelta a la izquierda.
Y ahí estaba la meta.
“¡¡Ya casi, nena!! ¡Ya casi!”
Voltea a ver a los fotógrafos. Levanta el brazo. Sonríe. Gózalo.
¡Lo lograste!
¡Corriste Boston!
Y corriste Boston como una campeona.
Cruzo la meta, bajo los brazos, pongo las manos sobre mis muslos para sostenerme en pie… y rompo en llanto.
Mis pensamientos se van directo a Luis. Mi reino porque estés aquí abrazándome.
Siento una mezcla rarísima de satisfacción absoluta… y dolor de estómago.
Necesito ir al baño.
Saco mi celular, grabo un video, intento llamarle a Luis… entra la llamada y el celular se apaga.
Nooooo. Me quedé sin pila.
Entonces escucho:
“¡Addy!”
Era Astrid. Ya había llegado también.
Nos felicitamos. Le tomo fotos a una chica con su celular, luego ella nos toma una a nosotras y me la manda después. Gracias infinitas, Sara.
Tengo muchísimo frío.
Estoy temblando.
La gente de servicios médicos me ve y me pregunta inmediatamente si necesito un baño. Así de evidente era mi malestar.
Me dan mi medalla.
Dios… qué hermosa es.
Qué brillante. Qué grande. Qué pesada.
Y todo lo que significa.
Nos dan una manta térmica y me indican dónde están los baños. Astrid me espera. Voy al baño… y me tardo tanto que cuando regreso ya no está.
Sigo muerta de frío. Y sigo con dolor de estómago.
Quiero cambiarme de ropa, pero Isa tiene mis cosas.

Empiezo a caminar y me encuentro a Jimena y a Ramón. Le pido su teléfono prestado y logro hablarle a Isa.
Ya terminó.
Nos veremos en los camiones que funcionan como guardarropa, en la zona verde.
Me siento a esperar. A intentar agarrar calor con el sol. A tratar de tranquilizar un poco el cuerpo.
Llega Isa con Alma.
Isa viene sonriente, pletórica. Acaba de correr Boston y parece que terminó un entrenamiento cualquiera… salvo por la medalla y la sonrisa enorme.
Videos, fotos, abrazos, felicitaciones.
Qué fortuna cerrar este momento contigo, Isa. Contigo también, Almita. Gracias infinitas.
Alma súper preocupada por mi panza. Me da un Treda. Obvio me lo tomo.
Empezamos a caminar hacia la salida y decidimos sentarnos en un parque para cambiarnos y aterrizar todo lo que acababa de pasar.
Acabamos de correr Boston.
Qué locura.
No dejábamos de hablar, sonreír y tomarnos fotos. Foto con la medalla. Con la bandera. Ahora así. Ahora asá.
Queríamos cambiarnos porque moríamos de frío, pero primero las fotos.
Finalmente nos ayudamos usando la manta térmica como vestidor improvisado, confiando en que el aire no levantara demasiado la manta para no dar espectáculo. Divertido hasta el último momento.
Descubrimos que Alma casi no suda. Yo sudo muchísimo. E Isa, a pesar del frío, se estuvo echando agua encima durante la carrera.
Cómo cada quien tiene pequeños rituales para sobrellevar sus propios retos.
Y con el tiempo también aprendes los rituales de la gente con la que corres seguido.
Todo puede pasar… menos salir inadecuadas en las fotos.
Toallitas húmedas. Desodorante. Bloqueador solar.
Qué gozada de momento.

Lo recuerdo y sonrío.
La vida está llena de estos pequeños momentos hermosos.
Gracias Isa. Gracias Alma.
Es el segundo Boston de Alma, y el anterior lo había corrido lesionada. Me contaba la enorme diferencia entre aquella experiencia y esta vez, en la que pudo correr entera, fuerte y disfrutando cada parte del recorrido.
Las tres volvimos a calificar a Boston… en Boston.
¿Así o más emocionante?
Después de estirar un poco decidimos empezar a caminar hacia la fiesta post maratón. Pero a medio camino tuve que parar otra vez al baño.
No me siento bien.
Es hora de irme a casa.
Me despido de Alma e Isa y camino hacia el autobús que me llevaría de regreso a Hopkinton. En el trayecto paso por todos los baños portátiles que encuentro.
Y afortunadamente, mientras espero que salga el autobús, descubro que también hay baño adentro.
Gracias a Dios por los baños en los autobuses.
No me gusta repetir maratones. Creo que hay demasiados maratones en el mundo como para repetir uno.
Pero dije que voy a correr Boston una vez más. Porque quiero vivir esta experiencia con Luis. Quiero cruzar la meta y que esté aquí, dándome uno de esos abrazos enormes que siempre me hacen sentir a salvo.
Y la próxima vez no voy a tomar Gatorade de limón.
Gracias Boston.
Gracias por enseñarme de lo que soy capaz.
Mi cuerpo nunca dudó.
Mi cuerpo nunca se quebró.
Y mi mente tampoco.
Qué fuerte estoy.
Qué fuerte soy.
Qué bonito poder reconocerlo.
¡Lo hiciste increíble, nena!
Ese unicornio es tuyo.
Así mi camino a Boston.
Gozado de principio a fin. Gracias por leerme.
Un abrazo apretado.
Addy.



















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