Max

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Max llegó a mi vida en 2004. El sin casa, yo sin perro.  Llevaba varias semanas buscando a mi perro, Billyberto, un schnauzer sal y pimienta que tenía conmigo unos 3 años. Se le salió a quien se quedó cuidándolo cuando me fui de viaje. Pegué carteles por todos lados, fui a todas las veterinarias que conocía, lo anunciaba en radio todos los días. Y un buen día, me llamó a cabina un maestro de la uni, Arturo Carmona, para decirme que había encontrado a mi perro, y que me lo llevaría al estacionamiento de la uni al día siguiente.

Yo emocionada, ilusionada, agradecida.

Al día siguiente llega Arturo con un perro negro, más bien flacucho, como con “caspa” en el pelo. Definitivamente no era Billyberto.

Yo: es que este no es mi perro.

Arturo: ¿No es? Pues ahí déjalo que se vaya. Yo lo recogí porque pensé que era el tuyo.

Una mañana de navidad

Obviamente no podía dejar a un perro en la calle, mucho menos después de haber perdido al mío. Volví a recorrer todas las veterinarias, esta vez preguntando si conocían a este perro. Nadie tenía noticias suyas, no había carteles preguntando por él, y nadie en la radio me dijo haber perdido un perro. Todo indicaba que este perro tenía intenciones de quedarse conmigo, aun cuando se hacía pipi por toda la casa, y yo moría de enojo.

Pero los perros tienen esa facilidad de ganarse un lugar en el corazón, por más difícil que quiera uno ponerse, y entonces le puse nombre: Max. Y nos quedamos juntos. Aprendió rápido a no hacerse pipi dentro de casa, se comió la serie de navidad del primer árbol de navidad que puse. Llenó mis días en una época difícil de mi vida. Y estuvo al pie del cañón en la toma de decisiones acertadas (o no) cuando elegí cambiar el rumbo e irme a vivir a Madrid para hacer la maestría. 

¿De qué manchas en la pared hablan?

Max estaba listo para cruzar el charco conmigo, pero los papeles que demostraban que tenía anticuerpos de rabia en su organismo no llegaron a tiempo.  Hoy muchos años después pienso que las cosas son como tienen que ser, porque si a mí se me dificultaba encontrar piso para vivir estando sola, con perro hubiera sido una locura.  Max se quedó en la oficina de mi abuelo. En la azotea, viviendo primero con el Lobo, luego con Beethoven, ¿a qué adivinan las razas de ambos?

En una ocasión, en la llamada a casa de los fines de semana, mi mamá me dijo: “Addy, llamaron a casa de tu abuela diciendo que tienen a Max”. Palidecí. Max se había salido de la oficina, mi padre no me había dicho nada, y desde la Roma Norte caminó hasta el WTC. Gracias a Dios la persona que lo encontró llamó para entregarlo. Mi papá fue por él, y Max estaba sano y salvo. Moraleja: pónganle placa de identificación a sus perros.

¿Alguien piensa irse de viaje sin mi?

Cuando regresé a México dos años después, me encontré un Max gordo, greñudo, que comía con mucha avidez (porque o comía rápido o el compañero en turno se comía su comida), con las huellitas lastimadas por el piso y el sol, que estaba arrumbado en la azotea, y que además había sufrido maltrato porque el fulano que cuidaba la oficina lo golpeaba. Me acuerdo y me duele el corazón. Ni él ni Beethoven tenían una casa donde resguardarse del sol o de la lluvia. Fue muy duro, porque literal sentí que lo abandoné.  Fue súper duro.

Mi madre no quería que yo me llevara Max al departamento donde vivimos esa temporada. Pero aún así me comprometí a que Max estuviera lo mejor posible. Y entonces iba a verlo a la oficina casi todos los días, le compraba su comida, lo sacaba a pasear, lo llevaba al veterinario con frecuencia, les compré una casita para él y para Beethoven, y empezamos a correr para que bajara de peso. Y lo logramos. Al poco tiempo Max regresó a su peso ideal.

Mis muchachos

Meses después, en una de las salidas a Chapulcan, un pointer de nombre Alay lo mordió fuertísimo en la garganta. Angélica, la veterinaria, me dijo que dos milímetros más y le perforan la garganta de forma irreversible. Estuvo en una larga cirugía con una herida de más de 10 cms en la traquea. Ni que decir de lo difícil del proceso de recuperación, porque además era impensable que estuviera con Beethoven. Luisito, que siempre ha sido el más atento y ama a Max se ofreció a cuidarlo y a vigilar su proceso de recuperación, y vivieron juntos casi un año.

A partir de ese incidente, cambió su carácter. Se volvió gruñon con los perros. Salir al parque se volvió muy complicado porque a todos les ladraba. Incluso se peleó con Beethoven (afortunadamente estábamos ahí y pudimos separarlos, porque quién sabe cuál hubiese sido el desenlace).

Para ese entonces ya era 2009. Y llegó Manolo, un cachorrito schnauzer color plateado que tuvo Perlita, la perrita que tenía mi tía desde hacía años. Manolo era simplemente encantador. Pero la presencia de Manolo en el departamento solo me hacía echar más de menos a Max. Finalmente, mi madre accedió a que Max se fuera vivir con nosotros al departamento, y después de muchos meses de re aprender a respetar el espacio de la casa (por las pipis) la convivencia se volvió genial. Manolo aprendió en el camino a tampoco hacerse pipi dentro de casa, y ambos lograron un gran entendimiento.

Con Manolo cachorrito

Hubo una época en la que me quedé sin trabajo, e íbamos a La Marquesa cada semana. Y corríamos. Era lo que más hacíamos, corríamos. Aprendieron a ir sin correa, a obedecer, a concentrarse cuando estábamos corriendo. Si había algún distractor, siempre decíamos “vamos, es de correr” para que volvieran a enfocarse. De ahí mi letrero en Chicago 😉 (¿No has leído esa historia? Te la comparto aquí). Y la relación con mis perros se volvió cada vez más estrecha, más cercana, más fuerte.

Luis y yo nos fuimos a vivir juntos, y cuando buscábamos depa, era imposible no pensar en que el sitio tuviera al menos un balconcito para los perros 😉 Es increíble como esos pequeños detalles se vuelven importantes en pro de tus peludos amigos. Y es interesante también como cuando elijes cambiar tu vida, tienes que encontrar la forma de incluirlos, porque claro, yo no podía irme a vivir con Luis y dejar a mis perros, y mucho menos cambiarnos de ciudad, como cuando decidimos venir a Mérida, y no pensar en ellos, y en las adecuaciones que tendríamos que hacer para que no les afectara tanto el calor. Dejarlos nunca ha sido una opción, ni siquiera ha pasado por mi cabeza. Cuando tienes un perro, es un compromiso de tiempo completo, no solo de un ratito, o mientras las circunstancias son favorables para ti.

Los perros se vuelven una parte importante de la vida, del día a día, de la rutina. Es un tipo de amor que, si bien es incondicional, es exigente: los perros siempre piden salir, siempre piden comida, siempre piden agua, y además agua limpia, porque si el traste está sucio, dejan de tomársela. 

También piden jugar, y piden amor. Te enseñan a ser responsable, a ser comprometido, a ser constante y consciente. Tener un perro es caro: vacunas, baños, veterinario, comida, medicinas si se enferman, correa, trastes. Además demandan tiempo, porque todos los días tienes que ponerles atención, todos los días necesitas asegurarte de que están bien, todos los días piden salir.  Aun cuando tenemos jardín, Max y Manolo salen todos los días, por lo menos en la mañana y en la noche. No importa a qué hora regrese en la noche, la salida es imperdonable, o de lo contrario no dejan de ladrar.

En la playa con los sobrinos, que lo aman con locura, es «su amigo Max» 😉

Y la verdad es que me gusta su exigencia porque me recuerdan que les debo atención que tengo un compromiso con ellos. A cambio yo obtengo amor infinito, amor incondicional, colas moviéndose de felicidad cada que me ven llegar a casa, aun cuando no tenga ni 5 minutos que me fui. Siempre hay besitos de cariño en mi mano cuando les acaricio el morro, y la disposición de jugar, o de estar echado al lado mío si necesito apapachos. Siempre se dejan abrazar, oler, acariciar, rascar. Me dejan enseñarles trucos, me dejan descubrir la diferencia enorme entre la personalidad de uno y otro, aprendo lo inteligentes y manipuladores que son, porque claro, son los más consentidos.

Cuando recién llegamos a Mérida, Max se enfermó mucho. Tanto que el diagnóstico médico inicial que nos dieron fue insuficiencia renal, y el pronóstico era fatal: tu perro se va a morir. Habíamos llegado hacía dos días.  No conocíamos a los veterinarios de Mérida, y tuvimos varias malas experiencias con el diagnóstico, la eficiencia, el equipo disponible. Pero, como Max siempre ha sido muy tragón y se enferma, va a dar al doctor con frecuencia (ha comido alpiste, chocolate, estupefacientes, plantas, pájaros)  y eso hace que sea un perro muy monitoreado. No tenía ni 6 meses que le habían hecho su último análisis de sangre y no había indicios de insuficiencia renal, así que no creímos el diagnóstico. Finalmente, después de muchos intentos fallidos y una transfusión de sangre por las bajas plaquetas (gracias infinitas Jagger) decidimos llevarlo al DF con su doctora de los últimos años, Aranzazú, que dicho sea de paso, Max la ama.

De regreso a casa sano y salvo! Gracias Aranza!

 

Como siempre, Aranzazú hizo lo mejor por Max, (gracias eternas Aranza, eres su angel de la guardia). Encontraron que tenía una infección en el epidídimo (conducto espermático), era necesario castrarlo, y de paso hacerle una observación de rutina porque tenía el bazo muy grande. El 23 de diciembre Max entró a quirófano, para estar de vuelta en Mérida 7 días después. Ese ha sido por mucho el episodio más difícil que hemos tenido con Max. Moraleja: si se van a cambiar de ciudad, averigüen pronto sobre doctores para ustedes y para sus perros, nunca está de más.  Hoy, dos años después de ese episodio, sigue dando lata como un campeón.

Es cierto que ya está mayor, su escucha empieza a ser deficiente, le dan reumas, le duele la espalda, a veces ya no quiere paseos largos, ya no corre, y si por casualidad nos alocamos y vamos a la playa a correr, no se para en dos días del dolor de espalda y patas. Pero él me ha enseñado que el sufrimiento es opcional: aunque le duelan las patas y la espalda, está de buen humor, de buen ánimo y dispuesto a salir a pasear aunque sea poquito.

Hay días que no quiere subir o bajar las escaleras y me llora para que lo suba/baje. Come con menos avidez porque aprendió que nadie le quita su comida. Ama estar encerrado en el aire acondicionado y echado en el sofá del cuarto de tele, al que lo tengo que subir, porque el ya no brinca.

Con todo y la “chochez” sigue siendo el líder de la manada: Manolo lo respeta enormemente. Y con los perros de mi mamá y mi hermana, Polo y Mamba, llega a poner orden. Todos saben que él es el líder, que es el primero en comer, y el primero en recibir amor. Sigue cazando pájaros de vez en cuando, y se come absolutamente todo lo que se cae al piso.

Amor del bueno

Es un perro feliz. Tiene una manera particular de pedir lo que necesita, y en todos estos años hemos aprendido a entendernos. Es muy amoroso. Le gusta el apapacho. Y me quiere. Lo sé cuando me ve, cuando va y me jala el pantalón para pedirme jugar, o cuando me da besos despacito, cortitos y llenos de amor en la mano cuando yo lo acaricio. Confía en mí.

Estábamos destinados a estar juntos. Y aquí seguimos tantos años después, haciéndonos la vida más colorida, amorosa y ruidosa. Soy inmensamente afortunada por conocer este tipo de amor, incondicional pero comprometido. De ese que quiere el bien del otro, del que procura al otro. Porque, a su forma, siempre me procura, siempre está.

Gracias inmensas al universo porque te pusiera en mi camino negrito de mi corazón. Me haces inmensamente feliz y estoy inmensamente agradecida por la oportunidad de abrazarte todos los días.


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Addy Zepeda

Corredora, yogui, triatleta y ahora blogger de bienestar. Experta en Cambio Organizacional. Mercadóloga de profesión, deportista de corazón. Comparto lo que he aprendido en este camino del deporte y la vida sana por si a ti también te sirve.

Max - bienmecuido.com